Equipo del Centro de Producción y Formación Audiovisual Comunitaria Zimatlán
Hablar de Zimatlán no es tan sencillo como repetir lo que aparece en los libros. Claro, ahí están las fechas, los nombres, los cambios de gobierno, las construcciones, los conflictos… todo eso existe y forma parte de la historia. Pero cuando uno vive aquí, cuando camina sus calles y crece entre su gente, entiende que hay otra historia que no siempre está escrita, pero que sigue teniendo sentido.
Esa historia se cuenta en las casas, en las pláticas con los abuelos, en los recuerdos que no están ordenados en una línea del tiempo, pero que siguen vivos en la memoria. Zimatlán es más de lo que se puede registrar. Es un lugar que se ha ido transformando con los años, sí, pero que también ha sabido guardar, entre todo ese cambio, algo que permanece, algo que no siempre se ve, pero que se siente.
A partir de la creación del Centro de Producción y Formación Audiovisual Comunitaria Zimatlán (CEPFAC), empezamos a acercarnos de otra manera a nuestra propia comunidad. Ya no como algo dado, ni como un lugar que creíamos conocer por completo, sino como un territorio que todavía tiene mucho que decir. Nos dimos cuenta de que muchas de las historias que forman parte de Zimatlán no están en los escasos libros o, si lo están, no se sienten igual que cuando alguien las cuenta. También comprendimos que, si no hacemos algo, muchas de esas memorias pueden quedarse únicamente en quienes las vivieron.
Por eso, uno de los intereses principales ha sido escuchar, registrar y compartir. No se trata solo de documentar, sino también de reconocer. En ese camino, el proyecto Sosteniendo la lengua: cartografía audiovisual comunitaria, memoria y tradición se volvió un punto importante, no solamente porque busca recuperar la lengua originaria, sino porque intenta algo más profundo: reconectar nuestra vida actual con esa otra vida que parece lejana, pero que en realidad sigue presente.
Aunque en Zimatlán el zapoteco ya no se habla de manera cotidiana, su presencia no ha desaparecido del todo: aún pervive en comunidades cercanas como Santa María Vigallo, La Soledad, San Jerónimo Tititlán, San Nicolás Quialana y La Raya. En esos lugares, la lengua respira de distintas formas; a veces con fuerza, a veces de manera más tenue, pero sigue ahí. Y eso cambia completamente la manera de entender lo que somos, porque entonces ya no se trata de decir que ésta “se perdió”, sino de reconocer que también sigue viva en el territorio y que es posible volver a acercarnos a ella.
Trabajar en la comunidad ha sido, sobre todo, un ejercicio de encuentro. A veces se piensa que a la gente no le interesa, que ya no hay disposición para participar o que los saberes propios han quedado en segundo plano. Pero lo que hemos visto es otra cosa. Cuando las iniciativas nacen desde la comunidad, la respuesta aparece. Las personas participan, comparten y recuerdan, y los espacios se llenan de historias que siguen teniendo fuerza.
Los adultos mayores tienen mucho que decir. Guardan conocimientos, experiencias y formas de entender el mundo, pero no siempre han encontrado un espacio donde ser escuchados. Sin embargo, cuando encuentran ese lugar, comienzan sus relatos a fluir con naturalidad. Y los niños, por su parte, escuchan con una atención que sorprende. Se interesan, se imaginan las historias como si fueran algo grande, como si estuvieran viendo una película y, en ese momento, lo que parecía lejano se vuelve cercano.
Ahí ocurre algo importante: los saberes dejan de estar únicamente en quienes los vivieron y empiezan a caminar hacia quienes apenas están creciendo. Esa relación entre abuelos y niños es una forma de continuidad, una manera de que la memoria no se detenga y encuentre nuevas formas de seguir existiendo.

En medio de todo esto, también han aparecido momentos que nos han llevado a pensar la historia de otra manera. Recordamos uno en particular: al revisar algunos documentos sobre Zimatlán, encontramos un relato que hablaba de personas encarceladas aquí, traídas desde la ciudad de Oaxaca, que después fueron liberadas por otros y huyeron hacia las montañas que rodean la región. Era un dato más dentro de un texto histórico, algo que parecía lejano.
Pero, al recorrer las comunidades en San Jerónimo Tititlán, una señora mayor nos contó que antes se decía que ese lugar había sido habitado por personas “malas”. No sabemos si se trata de los mismos hechos, ni hay forma de comprobarlo, pero lo interesante no es eso. Lo importante es cómo se cruzan esas dos formas de memoria: la escrita y la oral, cómo una historia encuentra eco en otra y cómo, aunque no coincidan exactamente, se van hilando sentidos.
Lo anterior manifiesta que la historia no está solamente en los documentos, sino también en lo que sigue vivo en la palabra de las personas. Zimatlán, entonces, no puede pensarse solo desde sí mismo. Está conectado con sus comunidades cercanas, con los caminos que las unen y con las historias que se comparten entre ellas. Lo que pasa en un lugar tiene resonancia en otro y eso también forma parte de su identidad.
Para nosotros, hablar de Zimatlán es hablar de algo que nos atraviesa. Es difícil no nombrarlo cuando nos presentamos o cuando intentamos explicar de dónde somos y qué hacemos, porque no es solo una referencia geográfica, es algo que ha marcado nuestra identidad y la forma en que vivimos. Al mismo tiempo, entendemos que Zimatlán no es el mismo para todos: el que recordamos no es el mismo que recuerdan nuestros papás, ni el mismo que recuerdan nuestros abuelos. Cada generación ha vivido un Zimatlán distinto.
Sin embargo, hay algo que se mantiene. Algo que no depende de cómo cambian las cosas, sino de lo que permanece en quienes habitan dicho lugar. Esa identidad que, aunque no siempre se nombra, está ahí. Y es desde ese lugar que este trabajo tiene sentido: no como un intento de regresar al pasado, sino como una forma de no perderlo del todo, de dejar testimonio y de reconocer que lo vivido en comunidad también merece permanecer.
Si Zimatlán es tierra de raíces, entonces esas raíces siguen ahí, no como algo que ya fue, sino como algo que todavía puede seguir creciendo.
Contacto: 951 8359630
@haciendocinezimatlan
Ignacio López Rayón #101, Barrios San Antonio Zimatlán de Álvarez, Oaxaca.
En 2023 y 2025, Centro de Producción y Formación Audiovisual Comunitaria Zimatlán recibió una subvención del Fondo para Medios Comunitarios Indígenas de Cultural Survival, el cual ofrece oportunidades en áreas como periodismo, radiodifusión, edición de audio y capacitación técnica, entre otras, para medios comunitarios de Pueblos Indígenas de todo el mundo. Durante ese año, Cultural Survival otorgó un total de 502.000 dólares a 63 proyectos de comunicación indígena que beneficiarán a pueblos indígenas de 29 países: Argentina, Bangladés, Bolivia, Botsuana, Brasil, Chile, Ecuador, Colombia, Estados Unidos, Filipinas, Guatemala, India, Kenia, México, Nepal, Perú, Sudáfrica, República Democrática del Congo, Indonesia, Honduras, Malí, Nicaragua, Camboya, Canadá, Panamá, Paraguay, Papúa Nueva Guinea, Nueva Zelanda y Tanzania.
