A orillas del río Bobonaza, en la provincia de Pastaza, Ecuador, se encuentra la “oculta” y próspera comunidad Kichwa de Pakayaku. Ubicada en lo profundo de la Amazonía, llegar a Pakayaku requiere conducir dos horas desde la ciudad de Puyo hasta el puerto fluvial y, luego, emprender un viaje en lancha de casi dos horas.
La comunidad, de aproximadamente 3 000 personas, es rica en cultura y tradiciones y se enorgullece profundamente de proteger sus territorios de invasores externos, como las industrias extractivas. Hasta ahora, han logrado mantener a la industria fuera de sus territorios gracias a su ubicación apartada, patrullando sus límites con guardianes del territorio y haciendo valer sus derechos legalmente protegidos como Nación Indígena. Sin embargo, recientemente se ha puesto en duda la seguridad de Pakayaku.
Las amenazas que enfrenta Pakayaku se extienden mucho más allá de sus fronteras remotas y alcanzan los niveles más altos del gobierno de Ecuador. En la capital, Quito, la administración del presidente Daniel Noboa ha desmantelado sistemáticamente las protecciones ambientales, a la vez que ha abierto la puerta a actividades extractivas sin precedentes en territorios Indígenas. El pasado julio, Noboa eliminó por completo el Ministerio del Ambiente, incorporando sus funciones al Ministerio de Energía y Minas, una medida que, según advierten conservacionistas, representa “un ataque directo a los derechos de la naturaleza”.
Para Zenaida Yasacama (Kichwa), estos ataques a la soberanía Indígena no son debates abstractos de política pública: son amenazas al lugar que la forjó. Nacida y criada en Pakayaku, creció bebiendo de los mismos ríos que hoy enfrentan contaminación, aprendiendo conocimientos tradicionales de las mismas personas mayores que le enseñaron a ella y a sus hermanos sobre medicinas del bosque, y absorbiendo los valores comunitarios de humildad, lealtad y dignidad que guían cada decisión importante. Cuando dejó Pakayaku para estudiar y, con el tiempo, convertirse en la primera mujer en ocupar la vicepresidencia de la CONAIE, la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, llevó consigo la filosofía kichwa de la resistencia.
Ahora, mientras la administración de Noboa desmantela sistemáticamente las protecciones ambientales, Yasacama ha tomado la profunda decisión de regresar a casa. Esta reestructuración del gobierno confirma lo que ella y su pueblo sospechan desde hace tiempo: que sus territorios están siendo sacrificados por ganancias económicas de corto plazo. Como la primera mujer en ocupar la vicepresidencia de la CONAIE, Yasacama pasó su periodo observando cómo la administración de Noboa erosionaba sistemáticamente los derechos Indígenas mientras promovía lo que ella llama “extractivismo en la sombra”.
“Siempre nos hemos mantenido firmes contra las actividades extractivas en nuestro territorio”, explica Yasacama. “Pero ahora tenemos una gran amenaza del gobierno de Noboa y su gabinete: quieren abrir una carretera grande para la extracción de petróleo que pasará por el territorio de Pakayaku”.
La carretera forma parte de una estrategia gubernamental más amplia para abrir las tierras Indígenas a la extracción de recursos. Al mismo tiempo, Noboa ha reabierto el registro de concesiones mineras de Ecuador, tras un cierre de siete años, y está atrayendo activamente la inversión internacional en lo que el gobierno denomina sectores de “alto potencial”, como la minería y el gas natural.El Fondo Monetario Internacional ha alentado este enfoque, prometiendo apoyo financiero solo si Ecuador cumple criterios de “gasto responsable” que priorizan el crecimiento económico por encima de la protección ambiental.
“El gobierno sabe perfectamente [bien] quién soy”, dice. “Tal vez empiece a enfrentar persecución política porque saben todo el trabajo que hemos estado haciendo”. Los riesgos son concretos: juicios políticos basados en acusaciones fabricadas, criminalización de liderazgos que interfieren con proyectos gubernamentales y encarcelamiento de quienes resisten.
Los recientes proyectos de ley del gobierno, calificados como “económicamente urgentes”, han endurecido los controles sobre las organizaciones de la sociedad civil, exigiendo a las ONG y a los grupos comunitarios que cumplan con los protocolos de conflicto de intereses y se registren en bases de datos gubernamentales obligatorias. Los críticos argumentan que estas leyes están diseñadas para perseguir a los defensores de los derechos humanos y del medio ambiente, creando obstáculos para los grupos que intentan combatir las amenazas a las áreas protegidas.
La magnitud de la actividad minera ilegal en Ecuador se ha duplicado desde 2020, con grupos del crimen organizado como Los Lobos controlando las operaciones en varias provincias, incluida Napo, donde la minería se ha expandido en 500 hectáreas en solo un año. A pesar de esta crisis, la respuesta del gobierno ha sido facilitar una mayor extracción en lugar de reforzar las medidas de protección. En marzo de 2024, Noboa realizó una gira por Canadá con el objetivo específico de promover las inversiones mineras, firmando acuerdos con empresas extranjeras mientras comunidades Indígenas como Pakayaku se enfrentan a una presión cada vez mayor.
El momento del regreso de Yasacama a Pakayaku es crucial. A medida que el gobierno elimina la supervisión ambiental y acelera los proyectos extractivos, comunidades como la suya deben depender cada vez más de sus propios sistemas de resistencia. La madre de Yasacama fue una lideresa valiente que le enseñó que la acción decidida importa más que el género. “En mi familia hay muchas mujeres que son líderes en sus ámbitos. Esto me ha permitido mejorar en mi carrera política y en mis estudios”, dice.
Yasacama lleva esa experiencia de regreso a Pakayaku, donde la filosofía de la invisibilidad debe adaptarse a nuevas formas de extracción promovidas por el Estado. La carretera que amenaza con atravesar su territorio representa más que infraestructura: es un símbolo de la disposición del gobierno a sacrificar la soberanía Indígena por el acceso a los recursos. Pero mientras Yasacama se prepara para reunirse con su familia y con el presidente de Pakayaku, Ángel Santi (Kichwa), en la defensa de sus 71 000 hectáreas de territorio ancestral, lleva consigo la certeza de que los movimientos de resistencia pueden surgir desde los rincones más remotos de la Amazonía.
“Pakayaku es una comunidad Indígena que está saliendo adelante con su propio esfuerzo, sin apoyo de ninguna autoridad política”, dice Yasacama. “Queremos mostrarnos ante el mundo como un pueblo que siempre lucha por sus derechos”.

Los miembros de la comunidad Pakayaku elaboran joyería tradicional.
El frente jurídico
Desde su oficina en Cuenca, el abogado ambientalista David Fajardo observa con ojo experto el embate de la administración de Noboa contra los derechos Indígenas. Ha dedicado años a defender protecciones constitucionales que hoy están siendo atacadas de manera sistemática. Como especialista en derechos de la naturaleza y derechos colectivos, trabajando con Kuska Estudio Jurídico, Cabildo por el Agua de Cuenca y Yasunidos Cuenca, representa el movimiento de resistencia legal del que comunidades como Pakayaku dependen cada vez más cuando las instituciones del Estado les fallan.
“Pakayaku es uno de los principales ejemplos de cómo luchar contra el extractivismo aquí en Ecuador”, dice Fajardo. “Al inicio de los proyectos extractivistas en su territorio, no colaboraban con ellos. Tenían algunos acuerdos con las empresas petroleras, pero luego se dieron cuenta de que el extractivismo en sus tierras destruiría no solo su territorio y sus tradiciones, sino también su forma de vida espiritual, todo lo que habían logrado y su modo de vida”.
Lo que hace tan significativa la resistencia de Pakayaku es cómo lograron tener éxito. “El gobierno y las empresas petroleras los superaban en número, pero lograron luchar contra esos enemigos monstruosos y alcanzaron acuerdos alineados con su visión del territorio, alineados con su visión de la vida misma”, afirma Fajardo.
Esta historia de éxito se vuelve aún más crucial en el panorama jurídico actual. “Ahora mismo estamos enfrentando una situación muy dura porque los intereses económicos, como la familia de Noboa, se están reorganizando en torno al extractivismo, especialmente el extractivismo minero. Están tratando de reorganizar el Estado ecuatoriano para poder gestionar todos los proyectos mineros aquí en Ecuador. No les importa la gente. No les importa la naturaleza. Solo les importa el mercado”, dice.
Lo que más alarma a Fajardo es el carácter sistémico de esta reestructuración. “Ahora las compañías mineras cuentan con todo el respaldo del Estado, de la policía y del ejército. No les importa la Constitución, ni las leyes, ni los derechos humanos y de la naturaleza. Si tienen que destruir una comunidad o desplazarla de su propio territorio, lo van a hacer”, añade.
“Todas las leyes ahora son [hechas] por Daniel Noboa. Controla el consejo electoral para poder hacer con las elecciones lo que quiera. Está intentando controlar la administración de justicia. Y ahora está intentando controlar la Corte Constitucional porque ese es el último obstáculo que le queda para tener el control absoluto del Estado”, dice Fajardo
Detrás de esta consolidación de poder hay un motivo claro: “Quiere tener el control de la minería en Ecuador porque entiende muy bien que los presidentes anteriores estaban tratando de desarrollar la producción petrolera o minera, y él quiere controlarlo todo para él y su familia. Es un dictador, en realidad”.
A pesar de este diagnóstico sombrío, Fajardo no ha perdido la esperanza. Las comunidades Indígenas y sus aliados jurídicos han desarrollado estrategias sofisticadas de resistencia que van mucho más allá del litigio tradicional. “La estrategia más importante es fortalecer la organización Indígena”, afirma. “Eso significa articularse con otras organizaciones y construir una red para la defensa del territorio y de los derechos colectivos”.
La estrategia legal, a la que Fajardo llama “litigio estratégico”, combina impugnaciones constitucionales con una organización más amplia.
Las comunidades también están aprovechando las redes sociales para denunciar incursiones del gobierno y del ejército en sus territorios, creando redes internacionales de solidaridad que amplifican su resistencia.
Este éxito en materia de conservación se debe a lo que Fajardo describe como “una lucha entre dos paradigmas: el paradigma de la vida, que consiste en convivir con todos los seres que habitan ese territorio, frente al paradigma capitalista, que considera que la Tierra, los animales y las plantas no son más que objetos que se pueden sacrificar”.
Mientras Pakayaku se prepara para enfrentar nuevas amenazas derivadas de proyectos viales del gobierno y concesiones extractivas, el trabajo de Fajardo en Cuenca representa la resistencia jurídica más amplia de la que las comunidades Indígenas dependen cada vez más. Su reciente denuncia formal ante la Comisión de Valores de Ontario (Ontario Securities Commission, OSC) contra Dundee Metals —la empresa canadiense detrás del controvertido proyecto minero Loma Larga cerca de Cuenca— demuestra cómo los movimientos locales de resistencia están llevando sus luchas a instancias internacionales.
“No todo está perdido”, insiste Fajardo. “Seguimos en la lucha y estoy bastante seguro de que al final del día vamos a ganar esta batalla y a salvar nuestros territorios para toda la gente y todos los seres que viven aquí ahora mismo”.

Los guerreros de Pakayaku, incluido Olger Manya (a la derecha), patrullan su territorio.
Las y los guardianes
Cuando surgen amenazas en el territorio, ya sea por parte de mineros ilegales, investigadores no autorizados o funcionarios del gobierno, las y los guardianes del territorio de Pakayaku se movilizan. Tanto hombres como mujeres defensores del territorio reciben formación para patrullar sus tierras y detener a cualquier persona que ingrese sin invitación. Olger Manya (Kichwa), un guerrero de 46 años y padre de siete hijos, es un cazador experimentado y defensor del territorio.
“Hemos retenido a personas involucradas en el gobierno provincial porque no han cumplido lo que nos prometieron”, dice Manya. “Hasta que firmen acuerdos, los retenemos. Solo cuando firman los liberamos”. Este sistema de control se extiende a todos los niveles de intrusión, desde personas que ingresan sin permiso hasta funcionarios que no honran sus compromisos con la comunidad.
Cada tres meses, estos guardianes organizan patrullajes extensos en las zonas fronterizas, pasando hasta un mes en el bosque y viviendo de la tierra, como lo hacían sus ancestros. Para Manya, esto representa la continuidad de prácticas que han sostenido a su pueblo a lo largo de su historia. “Para vivir, cazamos y pescamos como lo hacían nuestros padres y abuelos. He hecho esto toda mi vida”, dice.
Esta dimensión espiritual de la vida en el bosque se manifiesta con mayor claridad en las ceremonias de guayusa de Pakayaku, que se realizan en la oscuridad de la madrugada, antes del amanecer. Las y los miembros de la comunidad se reúnen en círculos alrededor de fogatas titilantes, compartiendo humeantes cuencos del té sagrado preparado con plantas del bosque. En estos momentos íntimos, comparten e interpretan sus sueños de la noche anterior: visiones que determinan si el día traerá caza y pesca o si será necesario permanecer cerca de casa. Los buenos sueños otorgan permiso para adentrarse en el bosque, mientras que los malos sueños funcionan como advertencias para permanecer en la seguridad de la comunidad. El simbolismo es profundo: soñar con un jaguar significa que quien sueña pronto se encontrará con alguien molesto, enojado y sabio, un recordatorio de que, incluso durante el sueño, el bosque habla a quienes saben escuchar. Esta dimensión espiritual vincula el trabajo práctico de defensa territorial con una comprensión cosmológica más profunda de su relación con la tierra.
Cuando se le pregunta por qué protege a Pakayaku con tanta dedicación, la respuesta del guerrero es sencilla: “Porque soy hijo de esta tierra. Me crié aquí. Nací aquí. Esa es la razón por la que voy a defender esta tierra: estoy defendiendo mi tierra”. La naturaleza prístina de su territorio impulsa esa defensa. “Aquí, como puedes ver, no hay contaminación. Por eso la preservamos”.

Gracia Malaover, capitana de las Guardias Indígenas de la selva de Pakayaku.
Seguir ocultos, seguir fuertes
Mientras nuestra canoa desaparece río abajo, de regreso hacia el puerto que conecta a Pakayaku con el mundo exterior, la comunidad vuelve a asentarse en su ritmo de invisibilidad protectora. Pero, después de visitar Pakayaku, queda claro que la sofisticada red de resistencia que existe allí se extiende mucho más allá de su territorio remoto e incluye a defensores legales como Fajardo, redes internacionales de solidaridad y alianzas estratégicas con otras comunidades Indígenas que enfrentan amenazas similares.
La filosofía de ser un “pueblo oculto”, que ha protegido a Pakayaku durante generaciones, enfrenta ahora su mayor prueba. A medida que el gobierno de Noboa desmantela sistemáticamente las protecciones ambientales mientras acelera proyectos extractivos en todo Ecuador, comunidades como Pakayaku deben equilibrar su invisibilidad tradicional con la necesidad de hacer oír sus voces en espacios nacionales e internacionales.
La soberanía Indígena requiere tanto un profundo arraigo en la tradición como una adaptación estratégica a las amenazas contemporáneas. La decisión de Yasacama de regresar del liderazgo nacional al trabajo organizativo desde las bases refleja esta comprensión: que la resistencia más poderosa a menudo comienza en los lugares más remotos.
Mientras el gobierno de Ecuador continúa su ofensiva contra los derechos Indígenas y las protecciones ambientales, el pueblo oculto de Pakayaku ofrece un modelo distinto de supervivencia: uno que demuestra que hay cosas que permanecen fuera del alcance de quienes pretenden explotarlas. Su invisibilidad no es debilidad, sino estrategia; su lejanía no es aislamiento, sino protección; su resistencia no es reactiva, sino proactiva.
En un mundo donde los territorios Indígenas enfrentan amenazas sin precedentes por parte de industrias extractivas y gobiernos autoritarios, la historia de Pakayaku ofrece inspiración y también enseñanza. Demuestran que defender el territorio exige más que documentos legales o reconocimiento gubernamental: requiere el tipo de compromiso profundo que solo surge de generaciones de personas que entienden que su identidad, su cultura y su futuro son inseparables de la tierra misma.
La niebla que a menudo envuelve el territorio de Pakayaku les sirve de protección tanto literal como metafórica, permitiéndoles permanecer ocultos ante quienes desean destruirlos, al tiempo que se hacen visibles para quienes desean defenderlos. Su río aún corre limpio, su bosque sigue en pie, y sus niñas y niños todavía aprenden los nombres de plantas y animales que las personas de fuera han olvidado. En una época de destrucción ambiental y borrado cultural, esto representa más que resistencia: representa la esperanza misma, fluyendo como el río Bobonaza a través de un territorio que, contra todo pronóstico, sigue siendo libre.
--Brandi Morin (Cree/Iroquesa) es una periodista galardonada que cubre temas de derechos humanos desde una perspectiva Indígena.
Foto de arriba : Gracia Malaover, capitana de las Guardias Indígenas de la selva de Pakayaku