El poder curativo del amor radical Indígena

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Mi madre fue revolucionaria. Vivió su vida auténticamente, expresando exactamente quién era y cómo se sentía, incluso en momentos que la sociedad consideraba “inapropiados.” Y eso significaba que ella sentía todo tan poderosamente como el fuego que la quemaba por dentro, y amaba con tanta valentía como las palabras que salían de su lengua todos los días. Era un ejemplo viviente de todas las madres y abuelas que han defendido la insurgencia Indígena, reclamando un lugar para ellas en los sistemas que buscaban terminar con ellas. 


Debido a esto, mi madre supo que la lucha era tan profunda como la tierra. Lo heredó de mi padre, mi mishomis. Él había aprendido como ser un padre de los “profesores” que lo maltrataban en la escuela residencial, la cual estaba llena de disfunciones, adicciones, y abuso. Mi mamá luchó como madre, como su padre lo hizo, y me crió en este lugar de dolor colonial. Pero debajo de todas esas capas de trauma, pérdida, tristeza, y violencia, ella sabía que se estaba levantando el auténtico amor Indígena. 


Yo sabía que antes de que yo me convirtiera en madre, era vital para mí encontrar ese lugar de amor Indígena dentro de mí misma. Hice un compromiso para sanar mi relación con mi madre y así poder terminar este ciclo de discordia y abuso. Necesitaba asegurar que mis futuros hijos tendrían la oportunidad de crecer en este espacio de amor Indígena, y saber que las prácticas Indígenas de parentesco son la respuesta a la sanación de nuestras familias. Eso significó que tenía que cavar por generaciones de dolor colonial que se habían arraigado en mi maquillaje genético. En algunos momentos, el dolor, enojo, y frustración eran intolerables. Pero todo eso por lo que pasé y todo el trabajo que he hecho significa que mi hija sabrá la verdad del amor Indígena.


El enojo de mi madre me encarceló de niña. Ahora me doy cuenta que sus tácticas vergonzosas fueron las mismas tácticas que mi mishomi  experimentó en la escuela residencial. Hubo muchas peleas con insultos, amenazas, y violencia física. A veces, si mostraba alguna emoción, ella me escupía. Otros días, me avergonzaba. Cada vez, culpaba a su padre. “Lo lamento,” decía ella posteriormente. “Él me hacía lo mismo,” ó, “Él me hacía cosas peores.”


El abuso se intensificó hasta que me escapé a la edad de 18 años. La universidad era mi salvadora, aunque fue superficial. Amaba a mi mamá con todo mi corazón, pero el dolor que se filtró a través de mi crianza fue demasiado, y al final me siguió a la escuela. Auto medicándome con alcohol y drogas me ayudaba a soportarlo, al igual que estar en una relación. Y porque el amor violento era el único que conocía, caí en una relación abusiva. 


Por tres años, soporté los insultos, las amenazas, y la violencia física de parte del chico que creí que me amaba. En ese momento, tenía una práctica en un centro comunitario que trabajaba con jóvenes. Mientras estaba hablando sobre la sobriedad, relaciones sanas, y amor propio, estaba viviendo exactamente lo opuesto. Tenía que hacer cambios. Era tiempo de disolver cada onza de toxicidad en mi vida. Poco sabía yo, las cosas empeorarían antes de que pudieran mejorar.


Lo dejé y cambié mi número de teléfono, aun así, una noche me encontró. Vino a mi casa y me violó. Luego de eso pasé horas restregándome y llorando. Entonces tomé una decisión: Ya no sería una víctima. Me puse sobria. Busqué ceremonias tradicionales Indígenas. Escuché el Anishinaabemowin, mi lengua materna, y decidí abandonar mi papel de víctima en mi relación con mi madre. Después de una llamada telefónica abusiva en particular, le dije que eso era todo. Al final, me divorcié de mi madre y de cualquier expectativa e ideal social de lo que debería ser una relación madre-hija y de las nociones de lo que es una madre.



Andrea L

Andrea Landry y su difunta madre, 2014.

Al año siguiente, ambas buscamos ayuda. Ambas les oramos mucho a nuestros ancestros, a quienes se fueron antes que nosotras, a Gitchi Manitou, el Gran Creador. Ambas sanamos. Y lo más poderoso sobre esto era que no sabíamos que no sabíamos que lo estábamos haciendo al mismo tiempo. 


Tenía 22 años cuando vi a mi madre. La llamé una tarde después de no escuchar su voz por un largo tiempo. “Hola, mamá” le dije. Lloramos incontrolablemente, hablamos por un largo rato e hicimos planes para vernos. La madre a quien le estaba hablando era nueva, tan llena de vida y amor, ella también había sanado de su pasado. Y mi mamá vio a su hija, quien había sanado de años de dolor colonial.

 
El perdón fue duro, perdonar a mi madre también significaba que tenía que perdonar generaciones de abuso que el colonialismo había infligido en mi familia. Significaba perdonarnos a nosotros mismos por aferrarnos a nuestra rabia y desarrollar comportamientos tóxicos para lidiar con ella. Significaba perdonar a mi mishomis por dañar a mi madre. Significaba perdonarme a mí misma por aceptar toxicidad y el abuso de otros. Pero fue dentro del perdón que nací en mi propia revolución. 


Una vez que perdoné a mi madre, nuestras vidas se convirtieron en una serie de recuerdos de lo que se hablará mucho después de que nos vayamos. Los viajes en carretera, las ceremonias, el aroma a hierbas cada mañana cuando me quedaba con ella, intentamos recuperar el tiempo perdido.  Cinco años más tarde, cuando le dije que iba a ser una nokomis (una abuela), lloró de alegría. Cuando escuchó el latido de corazón durante una visita prenatal, lloró tan fuerte que la clínica completa la escuchó. “¡Oh! ¡Chi-miigwech!” (¡Muchas gracias!), decía ella una y otra vez.


Su emoción era contagiosa. Ella le hablaba al bebé, su gran cabeza en mi vientre cuando ni siquiera se notaba. Yo reía, avergonzada, y ella reía, cantando y hablando Anishinaabemowin al bebé que creía dentro de mí. La presencia de mi mamá en la vida de mi hijo sería un regalo. 


Entonces todo cambió. Una tarde cuando la llamé, me dijo que tenía una migraña muy fuerte y que necesitaba ayuda. Sabía que algo estaba pasando. Mi experiencia alcanzó su punto máximo; llamé a mi tío. Él se apresuró con ella al hospital local, y la llevaron en avión a Thunder Bay. Las últimas palabras que escuché a mi madre decir fue: “Te llamaré de vuelta; estoy enferma”. Había tenido un aneurisma que estalló. Tenía muerte cerebral y estaba con vida cuando llegamos. Tomé la difícil decisión de quitarle el soporte vital, cumpliendo con su deseo de que no lo usara por más de 24 horas.


Mi mamá me enseñó a celebrar la vida y a amar, incluso en tiempos de dolor muy profundo. Entonces, eso es lo que hicimos, con una celebración de vida de cuatro días con fuegos artificiales, comida, amigos, diversión, y lágrimas. Ella me enseño que llorar es amar. Así que lloré, y amé. Ahí estaba yo, con 19 semanas de embarazo de mi primer hijo, sin mi propia madre. Lloré. Grité. Oré. Quemé hierbas. Canté todas las canciones Anishinaabe que ella me enseño. Dejé todo mi dolor salir para que mi hijo no lo sintiera. 


Mi corazón estaba roto, pero reuní toda la energía que podía y visualicé el amor rodeando completamente a mi bebé. He hice el proceso de duelo parte de mi ritual de vida diaria por el bien del bienestar de mi bebé, el duelo debía venir para poder dejar al amor salir. Hasta este día, mi hija reconoce las canciones de mi tierra natal, las canciones que mi mamá me cantó a mí, un poderoso ejemplo de parentesco Indígena que continúa después de la muerte.


Mi mamá me crió desde un lugar de dolor colonial. Pero en última instancia, mi madre me dio las herramientas para ser madre desde un lugar de amor Indígena, el arma definitiva para destruir el colonialismo. Sanar mi relación con mi madre, liberarme de los confines de generaciones de dolor creado colonialmente, fue la clave para criar a mi hija de la mejor forma, como sabía hacerlo. Las prácticas parentales Indígenas, como desvincularse de los patrones de crianza autoritarios y reconocer la voz de mi hija y el amor por el aprendizaje en la tierra, son ahora la fuerza vital de nuestra familia. Lo es todo.


A veces, aún lloro a mi madre, y lloro frente a mi hija. A los dos años de edad, River-Jaxsen aún me miraba fijamente curiosamente, y le explicaba, “Extraño a mi mamá,” y “A veces mamá también tiene que llorar”. Ella me daba palmaditas en el hombro y se iba. Cuando mi hija se siente asustada o molesta, le recordamos expresarse y soltar cualquier emoción que sienta. Ya está aprendiendo comportamientos de expresión emocional, y eso honra su autonomía y también desata generaciones de paternidad influenciada colonialmente. 


Le enseño a mi hija mediante las canciones de mis tierras, mediante palabras tanto en Nehiyaw (Cree) como en Anishinaabe (Ojibway), y por último mediante la expresión sin miedo de las emociones humanas, que ser ella misma, en cada expresión de su ser, es absolutamente asombroso. Porque dejándolo ir emocionalmente, nosotros como Pueblos Indígenas nos levantaremos fundamentalmente. 


--  Andrea Laundry (Anishinaabe) es madre, profesora, terapista y defensora de los derechos Indígenas, piorizando las formas Indígenas de vida. Da clases en la Universidad First Nations en Regina y anteriormente dio clases en la Universidad de Saskatchewan. La versión completa de este artículo fue publicada originalmente en Today’s Parent en junio del 2020.
 

La versión más larga de este artículo se publicó originalmente en Today’s Parent en junio de 2020.

Foto superior: Andrea Landry y su hija, en un tikinagan, 2016.

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