Los Pueblos Mukkuvar, Pueblos Indígenas vinculados al paisaje marino del sur de Kerala y de la costa de Kanyakumari, en el sur de la India, han contado durante generaciones con sus propios sistemas de autogobierno. Estos sistemas surgieron de nuestra relación con el océano, las playas, los estuarios y los ecosistemas costeros que nos han sostenido desde nuestros orígenes. Nuestra gobernanza ha dado forma a la manera en que vivimos juntos como comunidad, cuidamos nuestro entorno marino, transmitimos conocimientos de una generación a otra y protegemos nuestro territorio marino. Es un sistema dinámico que continúa evolucionando en respuesta a realidades sociales, políticas y económicas cambiantes, manteniendo como valores fundamentales la responsabilidad colectiva, la reciprocidad y el respeto por el mar.
Vivir con el mar nos enseñó a convivir los unos con los otros. Cada salida al mar nos recordaba que nadie podía sobrevivir por sí solo; nuestras vidas dependían de la confianza mutua y la cooperación. Como dependíamos del mar, trabajábamos colectivamente. Y como trabajábamos colectivamente, nos cuidábamos entre todos. Ese cuidado se extendía de manera natural al propio mar, porque entendíamos que su bienestar era inseparable del nuestro. Aprendimos qué lugares debían permanecer intactos, qué prácticas de pesca debían evitarse y cuándo era necesario tomar únicamente lo indispensable. Estas responsabilidades no estaban escritas en leyes, sino que se conservaban en la memoria, las prácticas y la vida cotidiana, y se transmitían mediante relatos, observación y experiencia, garantizando que nuestra gobernanza perdurara con la misma constancia que las mareas.
El mar es nuestra fuente de alimento, sustento, sanación, aprendizaje, recreación, cultura y espiritualidad. El mar es inseparable de la playa y de la zona intermareal. Juntos forman un único espacio vivo en el que se han desarrollado nuestros medios de vida, nuestra cultura, nuestra espiritualidad y nuestra vida comunitaria. Entre quienes poseen los conocimientos más respetados se encuentran los kanichakar/kaniyakkar, chelalikal y marampidikkar, cuyo profundo conocimiento de los vientos, las corrientes, las estrellas, el fondo marino y los ritmos del océano ha orientado a generaciones de pescadores. Su sabiduría convive con el conocimiento científico y nos recuerda que nada existe de manera aislada. El mar conecta todo en una única relación viva.
Nuestra gobernanza no era simplemente una forma de organizar a las personas; también creaba un sentido de pertenencia. No nos veíamos como hogares separados que vivían junto al mar, sino como una sola comunidad unida por él.
Cuando las capturas eran abundantes, la alegría pertenecía a todos. Cuando el
mar se cobraba una vida, el dolor también se compartía. Ninguna familia
atravesaba el duelo sola y de ninguna se esperaba que enfrentara las dificultades
por su cuenta.
La playa y la zona intermareal seguían siendo espacios compartidos donde personas de todas las edades se reunían para aprender, deliberar, celebrar y apoyarse mutuamente. La playa también era el lugar donde la gobernanza se hacía visible: donde se transmitían conocimientos, se fortalecían las relaciones, se recibía a los visitantes, se daba la bienvenida a los pescadores que regresaban y se renovaban las responsabilidades colectivas. Las personas mayores, las viudas, las personas con discapacidad, las mujeres embarazadas, los niños y las familias que habían perdido a pescadores recibían el apoyo generoso de la comunidad, sostenido por el propio mar. Trabajábamos juntos durante la pesca, las festividades y los momentos de crisis. La cooperación era una forma de vida.
Las decisiones colectivas implicaban responsabilidades colectivas y eran respetadas porque se tomaban pensando en el bienestar de toda la aldea. Pertenecer significaba asumir responsabilidades unos hacia otros. Cuando era necesario hacer excepciones, se esperaba que fueran justas, transparentes y guiadas por una necesidad real. El liderazgo se valoraba por su capacidad para mantener la armonía, resolver disputas y construir consensos. En la base de todo ello estaba la confianza: el fundamento silencioso que mantenía unida nuestra gobernanza.
Nuestra gobernanza sostenía una relación recíproca con el mar al reconocer que este tiene sus propios ritmos, estaciones y límites. La pesca se guiaba por los cambios estacionales, la abundancia de vida marina, las condiciones meteorológicas y los ciclos reproductivos de los peces. Adaptábamos dónde, cuándo y cómo pescábamos porque entendíamos que el mar seguiría proveyéndonos mientras fuera tratado con respeto y cuidado. Tomar únicamente lo necesario reflejaba confianza en la generosidad continua del mar, en lugar de miedo a la escasez.
Miembros de la comunidad Mukkuvar realizando sus actividades tradicionales a lo largo de la costa.
También comprendíamos que algunos lugares pertenecían al propio mar. Los arrecifes rocosos, los estuarios, las playas y el fondo marino no eran simplemente espacios para ser utilizados, sino partes vivas del ecosistema costero que implicaban responsabilidades propias. Dejarlos intactos permitía que la vida marina se regenerara y que el mar mantuviera su propio equilibrio. Nuestras personas mayores solían recordarnos que incluso la arena de los estuarios pertenecía al mar: se desplazaba con las estaciones, moldeaba la costa y contribuía a mantener ecosistemas estuarinos saludables.
Cuando los métodos destructivos de pesca, la extracción de arena, la construcción de puertos e infraestructura portuaria u otras actividades amenazaban estas relaciones, la comunidad respondía colectivamente, no para hacer cumplir normas por sí mismas, sino para cumplir con nuestras responsabilidades hacia el mar y las generaciones futuras. En nuestra gobernanza, la sabiduría se medía tanto por saber cuándo aprovechar los recursos como por saber cuándo abstenerse de hacerlo.
Nuestra gobernanza perdura porque cada generación la renueva. El aprendizaje comienza observando, continúa con la práctica, se profundiza a través del cuestionamiento y, poco a poco, se convierte en responsabilidad. Solo entonces se transforma en gobernanza. Las historias orales, las conversaciones familiares y el cheluparachil —la práctica de sentarse juntos para compartir relatos relacionados con el mar— vinculaban los cambios ambientales con la memoria vivida y fortalecían las relaciones entre generaciones. A medida que cambiaban las estaciones, el clima, los peces y las tecnologías, también cambiaban nuestros conocimientos. Por ello, la gobernanza perduró no porque permaneciera inalterable, sino porque cada generación la renovó con humildad y cuidado.
Nuestra gobernanza no terminaba donde la tierra se encontraba con el mar. Se extendía por un paisaje marino vivo que generaciones de nuestro Pueblo habían recorrido, nombrado, comprendido y cuidado. Este era nuestro territorio, no porque los gobiernos hubieran trazado fronteras o expedido títulos legales, sino porque las relaciones con estos lugares se habían construido a lo largo de generaciones.
A medida que las nuevas tecnologías ampliaron nuestros desplazamientos hacia aguas más lejanas, los pescadores más jóvenes continuaron explorando junto con personas con experiencia y conocimiento, extendiendo esta relación sin dejar de guiarse por los valores tradicionales. Cada zona de pesca, arrecife y corriente tenía un significado. Los lugares que sostenían nuestras vidas se conservaban en la memoria a través de sus nombres, que reflejaban generaciones de observación, experiencia y uso. Estos nombres formaban mapas mentales vivos que orientaban la navegación mucho antes de que las coordenadas aparecieran en las cartas marítimas.

Los distintos lugares también implicaban diferentes responsabilidades. Nuestro territorio nunca fue simplemente el lugar donde trabajábamos. Era donde habitaban nuestros recuerdos, por donde habían transitado nuestros ancestros, donde estaban ancladas nuestras historias y donde habrían de pertenecer las generaciones futuras: desde las playas y los estuarios hasta las zonas de pesca mar adentro, desde el fondo marino hasta las estrellas que guiaban nuestros recorridos.
Las instituciones coloniales, la religión organizada, la gobernanza estatal, la educación moderna, la migración y las cambiantes realidades políticas y económicas han influido de distintas maneras en nuestra gobernanza tradicional. Sin embargo, no han borrado nuestros valores perdurables de responsabilidad colectiva, reciprocidad y cuidado de nuestro territorio marino. Al igual que el mar, nuestra gobernanza nunca ha sido un sistema fijo, sino que ha evolucionado con cada generación.
Las nuevas tecnologías, la educación formal, el conocimiento científico y los cambios en los medios de vida han creado nuevas oportunidades para fortalecer el bienestar comunitario cuando entran en diálogo con los Conocimientos Indígenas. Al mismo tiempo, han puesto a prueba las responsabilidades colectivas que alguna vez mantuvieron unidas a nuestras comunidades. Las leyes y políticas estatales definen cada vez más nuestros territorios marinos tradicionales como aguas públicas o propiedad del Estado, generando incertidumbre sobre quién es responsable del cuidado de nuestro mar y nuestros territorios costeros.
El futuro de nuestra gobernanza no depende de regresar al pasado. Depende de llevar hacia el futuro los valores que siempre nos han sostenido: responsabilidad, reciprocidad, respeto, humildad y disposición para seguir aprendiendo. El mar siempre será impredecible. Ni los Conocimientos Indígenas ni el conocimiento científico eliminan esa incertidumbre, pero juntos pueden fortalecer nuestro criterio y profundizar nuestra comprensión.
Mientras sigamos cultivando nuestras relaciones entre nosotros, con el mar, con nuestros territorios costeros y con las generaciones futuras, nuestro autogobierno Indígena continuará evolucionando como una expresión viva de quiénes somos.
En 2025, el Colectivo Mukkuvar recibió una subvención del Fondo Guardianes de la Tierra (Keepers of the Earth, KOEF) para apoyar su labor.
Johnson Jament (Mukkuvar) holds a PhD from the University of Northampton and is an Honorary Research Fellow at the University of Sussex (UK). He founded BlueGreen Coastal Resources, a social enterprise supporting Indigenous-led research, education, and the protection of biocultural diversity, bridging traditional knowledge and scientific practice.
Lisba Yesudas (Mukkuvar) is an Assistant Professor at St. Xavier’s College in Thumba, Kerala. She holds a PhD from the University of Kerala on the Indigenous coastal language, has published books and journal articles in the regional language of Malayalam, and has represented her community at UN ocean conferences.
Leno Ignatious (Mukkuvar) is a youth leader and graduate in English Language and Literature. He plays a pivotal role in bringing his community's voices to national and international platforms. Currently, he volunteers as the Program Coordinator for the Artisanal Fishers Association in Kerala.
Romer Ignatious works as Web Administrator and Developer for BlueGreen Coastal Resources. Previously, he served as Editor for a community radio station. He is also a photographer and engages in on-site and online data collection and in short film and documentary projects.
Jima Rose Marypushpam (Mukkuvar) holds a Master's degree in Social Anthropology from the University of Sussex (UK). She is currently a researcher at BlueGreen Coastal Resources, where her work focuses on developing a network of women in fisheries and documenting the experiences, challenges, and concerns of women within the fishing communities.
All photos by Romer Ignatious
Main photo: Mukkuvar community members engaged in their customary activities along the seacoast.