Desde que tengo memoria, el arte y la narración de historias han estado presentes
en cada rincón de mi vida. Se manifiestan en los detalles: en la música, las canciones, los textiles, la comida y las celebraciones. Para mí, el arte, la cultura y la identidad son inseparables. Son raíces que se extienden desde mi cuerpo hasta mis territorios de origen y me mantienen arraigada a mi comunidad, sin importar dónde me encuentre: siempre firmes, siempre presentes. El amor que siento por mi cultura y por el pueblo del que provengo ha sido siempre la fuerza que me impulsa a canalizar esa memoria y ese amor colectivo de nuestra comunidad.
Provengo de una cultura en la que las personas llevan el arte a todos los ámbitos de su vida. Soy hija y nieta de artesanos, músicos, tejedores y mindalaes, que son artistas, comerciantes, músicos, bailarines y portadores de cultura. Ellos han construido sistemas de intercambio comercial entre distintos territorios, abriendo caminos que han permitido a las comunidades Kichwa Otavalo sostenerse económicamente en diferentes partes del mundo.
Nunca recibí una formación formal para aprender a dibujar o pintar. Nuestro arte es intergeneracional, está influido y guiado por el amor de todas las personas que nos precedieron. Hoy me reconozco como artista a través de la ilustración digital, el bordado sobre fotografía, los murales y el arte para vestir. Vaya donde vaya, llevo con orgullo mi identidad Kichwa Otavalo: llevo la montaña Imbabura en mi cuerpo y el amor, los conocimientos y la memoria de mis abuelos y de mis ancestros; todo un universo de generaciones condensado en mi corazón.

“Water yourself” (2024).
Adondequiera que las personas Kichwa Otavalo migremos por necesidad,
llevamos nuestra cultura con nosotros. No hay forma de separar nuestros cuerpos de nuestro territorio. Está tan profundamente arraigado en nuestra memoria que atraviesa las fronteras coloniales y las generaciones. Nuestro arte siempre ha sido una manera de sostenernos y de crear esos espacios propios incluso estando lejos de casa. En el fondo, ha sido el corazón que late en el pueblo Kichwa Otavalo.
El dibujo y la ilustración llegaron a mi vida durante la universidad. Lo que comenzó como algo divertido y que me ayudaba a mantener los pies en la tierra se convirtió en una forma de procesar la identidad, la memoria y el sentido de pertenencia. A medida que seguía creando, me di cuenta de que constantemente dibujaba
variaciones de una misma imagen: yo misma vistiendo mi ropa tradicional, el anaco. Con el tiempo comprendí que cada dibujo contenía algo más profundo que la imagen de una mujer con vestimenta tradicional. Cuando uso mi anaco, es cuando me siento más elegante y más hermosa. Esos dibujos me transportaban a mi infancia: a mi mamá ayudándome a vestirme, colocando cada una de las prendas y enseñándome cómo llevarlas. Mi madre, mi primera maestra, la primera narradora que conocí, la primera artista que conocí. A través del dibujo, llevaba conmigo esos recuerdos, esas relaciones, esos sentimientos en estado puro, esos fragmentos de hogar, a cada uno de los espacios que ocupaba.
Me tomó años sentirme segura al llamarme artista, a pesar de provenir de una cultura que vive y respira arte. Sin embargo, cuanto más creaba, mayor era la intención que adquiría mi trabajo y comencé a encontrar las palabras para explicar por qué es importante crear arte Kichwa en el presente. Para mí, el arte siempre ha sido político y nunca ha estado separado de la resistencia. Cada ilustración, cada mural, cada pieza de arte para vestir constituye una forma de afirmar nuestra presencia. Esa misma fuerza me llevó a crear obras como respuesta a la violencia que enfrentaba mi comunidad: obras que intervenían directamente en la realidad y lograban irrumpir en el ciclo informativo, haciendo que el mensaje llegara y tuviera impacto. Eso fue lo que me llevó al Futurismo Kichwa.

“Pawkar Szn” (2025).
El futurismo Indígena como término siempre ha resonado conmigo, pero futurismo Kichwa es el nombre que le doy desde el lugar en el que me encuentro, centrando explícitamente a mi pueblo, nuestro territorio y el Sur Global en una conversación que con demasiada frecuencia mira solo hacia el norte. Es la convicción de que el pueblo Kichwa pertenece al futuro tanto como pertenece al pasado y al presente. Con demasiada frecuencia, los pueblos Indígenas son imaginados únicamente a través de libros, museos o narrativas simbólicas y superficiales. Sin embargo, nuestras comunidades están vivas y continúan creando nuevas formas de expresar nuestra existencia en el mundo.
El futurismo Kichwa está vivo en todas las formas creativas en las que trabaja nuestro pueblo, llevando nuestra identidad a espacios donde la música Indígena, las artes visuales, el cine, la fotografía y la moda no siempre han ocupado un lugar central. También me inspiran profundamente los y las artistas y creadoras Kichwa en la diáspora, quienes creamos desde la distancia, sosteniendo nuestra cultura
con el amor que nace de saber lo que significa estar lejos. El futurismo Indígena abre un espacio para imaginarnos más allá del colonialismo de asentamiento, preguntándose qué es posible cuando los pueblos Indígenas pueden visualizar y materializar sus propios futuros. Nuestro arte y nuestros futuros son una extensión de nuestros cuerpos, de universos y galaxias, la manifestación de los sueños de todos nuestros familiares y parientes.
Cada vez que creo, estoy resistiendo la idea de que solo podemos ser vistos a través de una mirada colonial de asentamiento. El arte me ha permitido contribuir a una representación que va más allá de la visibilidad. Se ha convertido en una forma de recuperar narrativas y de asegurar que nuestras voces ocupen realmente un lugar. Cuando las personas de mi comunidad se ven reflejadas en mi trabajo, siempre recuerdo lo poderoso que es eso, no solo para las nuevas generaciones, sino también para la niña que fui, que nunca se vio representada en ninguna parte.
Compartir mi trabajo en línea abrió algo que no esperaba. Me llevó hacia otras juventudes Kichwa en la diáspora, personas que vieron mi trabajo y se reconocieron en él, y de esos vínculos nacieron algunas de mis amistades más profundas. Crear arte me ha permitido aportar una parte de mí a la historia colectiva de nuestra comunidad, una manera de presentarme como una warmi (mujer) Kichwa Otavalo de la diáspora, de forma cruda y sin romantización, fuera de cualquier marco superficial.

“Ñuka Adina” (2021).
Dentro de Ecuador, las identidades Indígenas son constantemente cooptadas por narrativas nacionalistas: la idea de que nuestra cultura pertenece a todo el mundo, de que simplemente forma parte de ser ecuatoriano. Sin embargo, las comunidades Indígenas seguimos enfrentando discriminación, exclusión y racismo; se celebran las estéticas Indígenas mientras se borra activamente a las personas Indígenas. Cada año, cuando regreso a casa para el Inti Raymi, lo veo de primera mano: ecuatorianos y turistas usando nuestra vestimenta, disfrazándose en nombre de la celebración, como si nuestra identidad fuera un traje disponible para cualquiera que quiera probárselo. Pero esto no ocurre solo en el Inti Raymi. Las marcas usan la lengua kichwa para nombres comerciales, nuestros símbolos para hacer marketing, a nuestra gente como utilería, y lo llaman apreciación. Los políticos usan nuestra vestimenta para conseguir votos. Los grupos de danza folclórica interpretan nuestros bailes fuera de todo contexto cultural.
Incluso en la diáspora, la apropiación de nuestra identidad continúa: personas que reclaman una identidad sin vínculo comunitario, mientras la extracción de nuestra cultura y de nuestros cuerpos sigue sin nombrarse. Yo lo veo con especial claridad en el anaco. Para las mujeres Kichwa, nuestra vestimenta tradicional no es simplemente un atuendo ni un símbolo del patrimonio ecuatoriano. Es un acto político de resistencia. Cada vez que alguien lo trata como si fuera un disfraz, no está simplemente tomando prestada una estética: está participando en el vaciamiento de su significado, de lo que realmente implica vestirlo y portarlo, y de todo lo que hizo falta para que todavía hoy podamos seguir usándolo. Por eso es tan importante que los pueblos Indígenas creemos desde nuestra propia mirada y experiencia; que contemos nuestras propias historias desde la memoria, la responsabilidad y la experiencia vivida, algo que no puede replicarse desde afuera; y que nos alejemos de los estereotipos para abrir espacio a la forma en que queremos ser vistos.

“Ñuka" (2021).
Para mí, el arte es al mismo tiempo autoexpresión y responsabilidad. Es una manera de honrar a las personas que vinieron antes que yo y de honrar a los futuros que vendrán después. Cada obra que creo pasa a formar parte de la memoria colectiva de quienes somos. Es mi pequeña semilla para las futuras generaciones de juventudes, artistas y personas creadoras Kichwa. El arte Kichwa vive en nuestros cuerpos y llevamos nuestra tierra adondequiera que vayamos. El acto de amor más radical que podemos realizar es hablar desde nuestras
experiencias en cada espacio al que entramos.
Adina Farinango es una artista y diseñadora Indígena Kichwa Otavalo que divide su tiempo entre Lenapehoking/Nueva York y Ecuador. Para saber más sobre su obra, visita adinafarinango.com y síguela en su cuenta de Instagram
@adinasdoodles.
Top image: “Sapi” (2021).
All art by Adina Farinango.