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América 250: ¿Quién decide qué tiene importancia a nivel nacional?

Una de las frases que se escuchan con mayor frecuencia en la preservación histórica, especialmente ahora que Estados Unidos se acerca a su 250.º aniversario, es “relevancia nacional”. Se pronuncia con autoridad. Aparece en criterios, nominaciones, procesos de revisión y decisiones que determinan qué merece reconocimiento, protección e inversión. A menudo se la trata como algo fijo y evidente por sí mismo.

Recientemente, durante una conversación con una colaboradora en preservación histórica en Nueva York, surgió una preocupación familiar: uno de los desafíos para impulsar un trabajo más profundo, comunitario y de base, particularmente en relación con la preservación latinx, es operar dentro de un marco de relevancia nacional que con demasiada frecuencia excluye las historias latinx. Ella señaló que, al inicio de su carrera, esto se vivía como una carga, arraigada en la realidad de que muchas y muchos colegas no compartían las mismas referencias históricas ni las mismas experiencias vividas, lo que exigía un esfuerzo constante por educar, persuadir y justificar por qué un lugar o una historia merecían reconocimiento.

La práctica de la preservación ha confundido con demasiada frecuencia la documentación con la existencia. Pero hoy esa perspectiva ha cambiado. Existe una oportunidad para ampliar la propia definición, para transformar la formación y las prácticas institucionales. Una oportunidad para hacer una pausa y plantear una pregunta más honesta: ¿qué queremos decir realmente cuando hablamos de “relevancia nacional”? Porque la relevancia nacional no es neutral. Es subjetiva, moldeada por quienes están en el poder y por las historias que han sido consideradas dignas de inclusión en el registro estadounidense.

En Latinos in Heritage Conservation, entendemos el “lugar” de otra manera. No vemos las regiones únicamente a través de límites censales, fronteras estatales o agrupaciones administrativas. Las vemos a través de historias compartidas de colonización, despojo y continuidad Indígena, migración, trabajo y resistencia. Estas historias se superponen. No permanecen ordenadamente dentro de las fronteras. Los sistemas de agua, las tradiciones agrícolas, las prácticas alimentarias, las rutas comerciales y las prácticas ceremoniales se movían a través de estos paisajes mucho antes de que los Estados-nación modernos impusieran fronteras fijas.

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Esto es profundamente importante para la preservación latinx. Muchas comunidades latinx en Estados Unidos llevan consigo identidades multidimensionales moldeadas por la ascendencia Indígena, la migración, el desplazamiento, el trabajo, la lengua y la supervivencia a lo largo de generaciones. A través de las regiones fronterizas, el Caribe, el Pacífico y los corredores migratorios en todo Estados Unidos, las comunidades han sido moldeadas por la colonización española, el gobierno mexicano, la anexión estadounidense, la militarización de la frontera, las economías de plantación, los sistemas de trabajo agrícola, los movimientos de personas refugiadas y la supervivencia Indígena. Estas no son historias separadas: viven juntas en las familias, los vecindarios, los paisajes y la memoria.

Los sistemas de preservación suelen pasar por alto las formas en que las comunidades realmente portan la historia. Una acequia, una plaza de barrio, un mercado, una ruta de peregrinación, un mural, un campamento de trabajadores agrícolas o una mesa de cocina donde una abuela transmitió la lengua, la medicina, la oración y la memoria pueden contener historias que son locales, nacionales y transnacionales al mismo tiempo. Su relevancia no comienza cuando una institución las reconoce. Comienza con las personas que las han sostenido. Y, sin embargo, a muchos de estos lugares, y a las personas vinculadas a ellos, se les ha dicho que no son lo suficientemente relevantes. Esto no se debe a una falta de impacto; refleja la manera en que históricamente se ha medido la relevancia: los monumentos por encima de los movimientos, la arquitectura por encima de las personas, la permanencia por encima de la experiencia vivida.

Mucho antes de 1966, antes de que el informe histórico “With Heritage So Rich” hiciera un llamado a la acción para crear un programa nacional de preservación histórica que conduciría a la Ley Nacional para la Conservación Histórica, las comunidades ya sostenían sus propias historias. Como nos recuerda ese informe: “Nuestra nación comenzó con migraciones, creció con migraciones y sigue siendo una nación de personas en movimiento. El resultado natural, en demasiados casos, ha sido el descuido de los puntos de partida y la indiferencia hacia nuestro rastro cultural de edificios y lugares. Eso es lo que estamos tratando de corregir”.

Los Pueblos Indígenas han entendido desde hace mucho tiempo el lugar como algo relacional, sagrado y vivo, mucho antes de las fronteras o de las categorías formales de relevancia. Las tierras que hoy se denominan el suroeste de Estados Unidos y las zonas fronterizas incluyen a los pueblos Diné, Pueblo, Apache, Comanche, Ute, Tohono O’odham, Yaqui y muchas otras comunidades y Naciones Indígenas cuyas relaciones con la tierra no comenzaron con Estados Unidos, México o España. En el Caribe, la supervivencia y la memoria Taína continúan dando forma a las conversaciones sobre identidad, ascendencia y pertenencia. A lo largo de las Américas, los pueblos Maya, Zapoteco, Mixteco, Nahua, Quechua, Aymara, Garinagu y muchos otros Pueblos Indígenas y Afroindígenas han moldeado las historias que hoy portan muchas comunidades latinx.

Algunas personas se identifican directamente como Indígenas; otras pertenecen a comunidades y Naciones Indígenas; y otras llevan una ascendencia Indígena que fue silenciada, fragmentada o hecha difícil de nombrar mediante la colonización, la asimilación forzada, la racialización, la migración y la formación de fronteras. Para honrar el patrimonio latinx con cuidado, debemos abrir espacio para esa complejidad. Esto es especialmente visible en las regiones fronterizas, donde las comunidades se desplazaban, comerciaban, se reunían, rezaban, cultivaban y se cuidaban mutuamente a través de estas regiones mucho antes de que fueran divididas por Estados nación, puestos de control o jurisdicciones de preservación.

Para muchas personas latinxs, estas historias no están separadas de la identidad: viven dentro de la memoria familiar, la lengua, las prácticas alimentarias, las ceremonias, los relatos de migración, los conocimientos agrícolas y las relaciones con la tierra. Estas prácticas no son vestigios del pasado. En muchas comunidades, siguen siendo sistemas activos de conocimiento, cuidado y supervivencia. Las mujeres, especialmente las abuelas, han resguardado la historia no en archivos formales, sino en sus cuerpos; en las trenzas, las rutinas, las recetas, la lengua, la oración, la medicina y los actos de amor.

Prácticas como el cuidado de las acequias, el cultivo de chile y la medicina tradicional siguen reflejando relaciones con la tierra, el agua, la comunidad y los conocimientos ancestrales que persisten a pesar de las fronteras políticas impuestas. La Nación Tohono O’odham, por ejemplo, tiene comunidades y vínculos ancestrales que se extienden a ambos lados de lo que hoy es la frontera entre Estados Unidos y México. Esa realidad desafía los marcos de preservación que tratan las fronteras como contenedores fijos de la historia, incluso cuando las personas, la memoria y las relaciones culturales son anteriores a esas fronteras.

En mi trabajo, me he sentado con personas mayores que hablan de rutas migratorias, espacios de reunión, murales, iglesias, vías fluviales y referentes barriales no simplemente como sitios históricos, sino como extensiones vivas de la identidad, la pertenencia y la supervivencia. A veces, el edificio ha cambiado. A veces, la historia no fue escrita en el lenguaje que las instituciones esperaban. Pero la comunidad lo sabe. La memoria sigue ahí.

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Mientras Estados Unidos se prepara para conmemorar 250 años de independencia, muchas comunidades Indígenas e históricamente marginadas siguen enfrentando las realidades persistentes del desplazamiento, el olvido y la exclusión de las narrativas que la nación utiliza para definirse a sí misma. Sin embargo, si la relevancia nacional se entiende como algo vivido, colectivo y acumulativo, moldeado por personas comunes, migraciones, sistemas laborales, actos de resistencia y memoria intergeneracional, la historia de este país comienza a verse de una manera muy distinta.

Este momento exige un cambio: desafiar a las instituciones, las comisiones de preservación, los consejos de revisión y los criterios en los que se apoyan; plantear preguntas más difíciles sobre la relevancia de quienes han sido pasados por alto y por qué; e invertir en el conocimiento comunitario, la experiencia vivida y las historias que se transmiten fuera de los archivos institucionales. También exige formar a la próxima generación de especialistas en preservación para que reconozcan la integridad no solo en los materiales, sino también en la memoria, la narración y la continuidad cultural.

El reconocimiento nunca ha sido un requisito previo para saber quiénes somos. Las comunidades siempre han sido las historiadoras de sus propias vidas, llevando relatos a través de la supervivencia, el movimiento, el trabajo y la herencia. La pregunta no es si estos lugares e historias tienen relevancia nacional. La pregunta es si estamos dispuestos a reconocer que siempre la han tenido.

--Sehila Mota Casper es directora ejecutiva de Latinos in Heritage Conservation, una organización que lidera los esfuerzos nacionales para preservar los lugares, las historias y el patrimonio cultural latinx. Anteriormente se desempeñó como oficial sénior de campo en el National Trust for Historic Preservation.

Pie de foto: “Untold Stories of the Borderlands” forma parte del Proyecto Abuelas de Latinos in Heritage Conservation, dedicado a documentar a las personas, los lugares, los negocios, las memorias y los paisajes culturales que siguen dando forma a la vida a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos. Fotografía de latinoheritage.us/ theborderlands

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