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Mirando la raíz: memorias que siguen caminando

Por CEPFAC Zimatlán (Pueblo Zapoteco, Oaxaca, México)

En Zimatlán de Álvarez hay una hora en la que el día empieza a bajar su ritmo. Alrededor de las cinco y media o seis de la tarde, cuando el sol comienza a esconderse detrás de los cerros, las aves regresan a los árboles. Se escuchan primero a lo lejos, luego más cerca, hasta que el aire se llena de su sonido. Es como si todas volvieran al mismo tiempo, buscando su lugar antes de que caiga la noche.

A esa misma hora, en las calles de la comunidad, también regresan las niñas y los niños. Algunos vienen de la escuela, otros de jugar, otros simplemente aparecen poco a poco, como si supieran que algo está por comenzar. Se sientan en círculo, sin mucho orden, como se acomodan las cosas cuando son naturales. A veces traen una libreta, a veces nada. Al centro puede haber una grabadora o una cámara, pero lo importante no está ahí.

Lo importante empieza cuando alguien pregunta.

¿Cómo se decía antes?
¿Cómo hablaban los abuelos?
¿Cómo se nombra lo que vemos todos los días?

Y ahí es donde aparece el silencio.

Porque en Zimatlán sabemos que somos zapotecos del valle, pero ya no hablamos nuestra lengua como antes. Nuestra historia sigue existiendo, pero muchas veces vive guardada en la memoria de las personas mayores. Se cuenta cada vez menos, se escucha cada vez menos y, con el tiempo, se va haciendo más difícil de alcanzar. No es que haya desaparecido, pero sí se ha ido quedando lejos, como algo que sabemos que está, pero que ya no usamos para nombrarnos.

En los últimos años la comunidad ha cambiado mucho. Ha crecido, ha recibido gente de otros lugares, se han transformado los espacios y también las formas de vivir. En medio de todo eso, nuestra identidad se ha ido moviendo, a veces sin darnos cuenta. Lo que antes se compartía de manera cotidiana (las historias, las palabras, las formas de entender el territorio) ahora aparece de manera fragmentada, dispersa.

Desde el Centro de Producción y Formación Audiovisual Comunitaria Zimatlán comenzamos a caminar a partir de esa inquietud. No desde la idea de hacer cine únicamente, sino desde la necesidad de volver a escucharnos, de generar espacios donde la memoria pudiera aparecer de nuevo, no como algo lejano, sino como algo que sigue siendo nuestro.

Así empezaron los encuentros.

Niños reunidos

En San Jerónimo Tititlán nos reunimos con niñas, niños y personas mayores de la comunidad. No había una forma rígida de trabajar, más bien se trataba de abrir un espacio de confianza, de escucha. Al principio costaba un poco. Las preguntas estaban ahí, pero las respuestas tardaban en salir. No porque no existieran, sino porque hacía tiempo que no se ponían en común.

Poco a poco, alguien recordaba una palabra. Otra persona agregaba algo más. Después venía una historia. Y así, entre pausas, risas y dudas, comenzaron a aparecer relatos que estaban guardados. Historias sobre el pueblo, sobre los caminos, sobre lo que se cree y lo que se respeta. Relatos que durante mucho tiempo han circulado de boca en boca y que siguen siendo parte de lo que somos.

Las niñas y los niños no solo escuchaban, también preguntaban, imaginaban, completaban lo que escuchaban con su propia forma de entender el mundo. En otro momento, empezaron a escribir. No desde la corrección o la forma “correcta”, sino desde lo que habían entendido y sentido. Ahí comenzaron a tomar forma muchas historias.
Fueron varias las que surgieron durante el proceso. Algunas venían directamente de lo que contaban las personas mayores, otras se transformaban en la imaginación de las niñas y los niños. De todas ellas, recuperamos 27 historias que daban cuenta de ese imaginario colectivo que sigue presente en la comunidad: relatos sobre seres, lugares, experiencias y formas de ver la vida que no siempre se nombran, pero que siguen ahí.

Después vinieron las cámaras.

Niños con cámaras

No como algo ajeno, sino como una herramienta más para contar. Las niñas y los niños comenzaron a explorar su uso, a mirar su entorno de otra forma, a detenerse en detalles que normalmente pasan desapercibidos. Lo que antes se escuchaba, ahora también podía verse.

De ese proceso surgieron tres historias que decidimos trabajar de manera colectiva. No se trataba de elegir las “mejores”, sino aquellas que, desde lo que se había compartido, lograban representar algo del sentir de la comunidad. Esas historias fueron reimaginadas por las niñas y los niños, llevadas a la imagen y al sonido como una forma de poner en práctica lo aprendido.

El proceso no fue perfecto, y tampoco buscaba serlo. Hubo errores, repeticiones, momentos de risa, momentos de duda. Pero en todo eso había algo importante: la participación, el trabajo en conjunto, el reconocimiento de que lo que se estaba haciendo era propio.

De manera paralela, realizamos un ejercicio de mapeo colectivo. En él, las niñas y los niños comenzaron a identificar los espacios importantes de la comunidad. Algunos eran lugares visibles: caminos, casas, cerros, espacios donde se convive. Otros no necesariamente se ven, pero tienen un peso importante: lugares donde ocurrieron historias, espacios que generan respeto, sitios que forman parte de la memoria colectiva.

Ese ejercicio permitió entender que el territorio no es solo lo físico, sino también lo que se recuerda, lo que se siente, lo que se nombra aunque no siempre esté a la vista.

Niños reunidos

Al finalizar el proceso, realizamos una pequeña socialización en la comunidad. No fue un evento grande, pero sí significativo. Se proyectaron las cápsulas audiovisuales, se compartieron los resultados con quienes quisieron acercarse. Fue un momento de encuentro, de reconocimiento y de escucha.

Todo este camino que fuimos construyendo en colectivo formó parte del proyecto “Retratos de la memoria: Re-mirando nuestra raíz a través del tiempo”, un esfuerzo que no nació como algo aislado, sino como una forma de responder a lo que veníamos sintiendo como comunidad: la necesidad de volver a mirarnos, de recuperar lo que parecía estarse quedando atrás y de encontrar nuevas maneras de sostenerlo.

Sabemos que este camino no resuelve todo. Recuperar la memoria, fortalecer la lengua, volver a generar vínculos intergeneracionales es un proceso largo, que no ocurre de un momento a otro. Pero también sabemos que estos espacios abren posibilidades.

Cada palabra que se recuerda, cada historia que se comparte, cada niña o niño que pregunta, es una forma de resistir el olvido.

Nosotros seguimos andando. Con lo que tenemos, con lo que somos y con lo que vamos aprendiendo en el camino. Porque en cada encuentro, en cada historia y en cada intento, también se va reconstruyendo eso que muchas veces sentimos que se está perdiendo, pero que en realidad sigue ahí, esperando ser nombrado otra vez.

Foto con niños y cámaras en papel

Contacto:
Instagram: @cepfaczimatlan
Correo: cepfaczimatlan@gmail.com

En 2023 y 2025, Centro de Producción y Formación Audiovisual Comunitaria Zimatlán recibió una subvención del Fondo para Medios Comunitarios Indígenas de Cultural Survival, el cual ofrece oportunidades en áreas como periodismo, radiodifusión, edición de audio y capacitación técnica, entre otras, para medios comunitarios de Pueblos Indígenas de todo el mundo. Durante ese año, Cultural Survival otorgó un total de 502.000 dólares a 63 proyectos de comunicación indígena que beneficiarán a pueblos indígenas de 29 países: Argentina, Bangladés, Bolivia, Botsuana, Brasil, Chile, Ecuador, Colombia, Estados Unidos, Filipinas, Guatemala, India, Kenia, México, Nepal, Perú, Sudáfrica, República Democrática del Congo, Indonesia, Honduras, Malí, Nicaragua, Camboya, Canadá, Panamá, Paraguay, Papúa Nueva Guinea, Nueva Zelanda y Tanzania.