Soy mixteca y no hablo mixteco, pero estoy aprendiendo

Entre 1950 y 2010, se extinguieron 230 idiomas, según el Atlas de las lenguas del mundo en peligro de la UNESCO. Hoy, un tercio de los idiomas del mundo tienen menos de 1000 hablantes. Cada dos semanas muere una lengua con su último hablante; Se prevé que del 50 al 90 por ciento de los idiomas restantes desaparecerán para el próximo siglo, a menos que se tomen medidas ahora. Los puntos críticos de biodiversidad restantes del mundo albergan el 70 por ciento de todos los idiomas que se hablan en la Tierra, lo que muestra una fuerte coexistencia geográfica de hablantes de lenguas indígenas y biodiversidad.

 

Nací y crecí en Abasolo del Valle, una comunidad que está perdiendo vertiginosamente su lengua. Pocas personas de mi edad la usan y no conozco a ningún niño que la hable. Muchos solo tienen conocimiento parcial de ella: la entienden y no la hablan, ya sea porque no pueden o porque no se atreven, debido al temor o a la vergüenza. La escuela castellanizante y, en general, la guerra de México contra los Pueblos Indígenas a través de la discriminación estructural está logrando silenciar nuestras lenguas, al ser el idioma un rasgo cultural muy notorio.


Cuando era niña, en mi casa no se hablaba el mixteco, así que no pude aprenderlo. Era el idioma de los abuelos y lo escuchaba en su casa, si los visitaba. De la breve época en que viví con ellos, solo pude aprender algunas palabras. No ayudó el hecho de que, en mi comunidad, el mixteco casi no tiene usos públicos; está reservado a los hogares. Esta historia, que comparto con gran parte de mi generación, se explica por el contexto tan especial de Abasolo.


Somos una comunidad migrante que respira y crece en el calor húmedo de la selva del sur de Veracruz. ¿Mixtecos en Veracruz? Sí, estamos fuera del territorio históricamente mixteco, ahora fragmentado y repartido entre los estados de Oaxaca, Puebla y Guerrero. Hace unos 70 años, dos grupos mixtecos provenientes de Oaxaca se encontraron en medio del monte veracruzano, machete en mano, abriendo brecha donde les habían prometido un pedazo de tierra. Se unieron para fundar un pueblo. Mis abuelos iban en uno de esos grupos, el menos numeroso, conformado por gente de Santo Domingo Nuxaá, Oaxaca.
 

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Fundadores de Abasolo del Valle hacia 1951. Foto cortesía del archivo histórico de la comunidad.


En las duras condiciones de la migración, aprendimos a enfrentar las adversidades con fortaleza y trabajo comunitario, pero también hemos dejado de transmitir nuestra lengua. El estar fuera de nuestro territorio nos hace más susceptibles de perderla porque el número de interlocutores y de espacios de uso disminuyen. En los espacios comunitarios, como la asamblea, usamos castellano porque es más práctico, dada la presencia de familias con otras lenguas.


A los 12 años, intuí algo del valor de la lengua familiar y le pedí al abuelo que me enseñara. Él, Telésforo Martínez, un hombre curioso y apasionado del conocimiento, apoyó mi iniciativa y empezó a enseñarme palabras que yo anotaba en una libreta. En aquel entonces, no sabíamos de las acaloradas discusiones alrededor de la ortografía mixteca, pero era suficiente con que yo entendiera mis garabatos. Por desgracia, al poco tiempo también tuve que emigrar —ese ha sido siempre nuestro destino— y abandoné mi aprendizaje.


"Soy mixteca, pero no hablo mixteco" es una frase que abre discusiones en México, donde la "indigeneidad" se evalúa a partir de la lengua: si no hablas, no eres. Hasta hace poco, la forma en que el Estado mexicano medía la cantidad de Indígenas en el país era contando la cantidad de hablantes; un método muy tramposo, tomando en cuenta que ese mismo Estado es el que se ha dedicado a combatir abiertamente las lenguas y otros rasgos culturales de los Pueblos Indígenas. Ahora, aunque el método cambió en los censos oficiales, influenció la forma en que la gente nos evalúa y en la que algunos nos evaluamos a nosotros mismos. Esto es lo que me pasó a mí: a los 18 años, aún pensaba que no era mixteca porque no sabía mixteco. Mixtecos eran mis abuelos, quizá mi madre, pero yo no.


Retomé el estudio años después, viviendo en una ciudad lejos de mi pueblo. Un maestro de mi comunidad me enseñaba por videollamada una vez a la semana. Sin embargo, pronto encontré los límites que enfrentan los esfuerzos de enseñanza de lenguas minorizadas como la nuestra: falta de materiales didácticos, falta de estudios lingüísticos, falta de programas avanzados o de largo plazo, entre tantos otros obstáculos.


Abandoné ese sueño por un tiempo más hasta que un día, siendo ya una profesionista de lenguas mayoritarias y con más autonomía económica, decidí que lo mejor era aprender el mixteco en un ambiente de inmersión. Mis opciones eran tres: Abasolo, donde nací; Nuxaá, donde nacieron mis abuelos; o San Juan Mixtepec, origen del otro grupo fundacional. Me decidí por este último, principalmente por la fortaleza que la lengua tiene entre su gente y por las relaciones tan sólidas que mantiene con Abasolo.



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Verónica Aguilar y su tía en una calle de Abasolo. Foto cortesía de Verónica Aguilar.

 

Empecé a ahorrar para poder vivir sin trabajar durante seis meses. A veces parecía muy arriesgado. Me preocupaba aislarme profesional y académicamente. Mis amistades me cuestionaban. “¿De qué vas a vivir?, ¿te vas a acostumbrar?”. Llevaba casi 20 años viviendo en ciudades y mi carrera iba bastante bien. Pero no podía posponer más ese sueño cuya urgencia me golpeó cuando murió mi abuelo.


La pandemia retrasó mis planes por unas semanas, pero el 19 de septiembre de 2020 llegué a Mixtepec, que se encuentra en lo que ha sido territorio mixteco desde mucho antes de que México existiera. Unos amigos me acogieron en su hogar para que yo aprendiera la lengua de la mejor manera posible: al calor del fogón y de la familia. Así inicié esta tercera etapa de mi aprendizaje, visitando casi a diario una casa donde tres generaciones hacen su vida en esta lengua que me fue negada.


Esos seis meses se convirtieron en un tiempo indefinido porque, junto con la lengua, ha llegado el arropamiento de la vida en comunidad. Comprensiblemente, los métodos de aprendizaje, el tiempo de exposición y mi disponibilidad han tenido sus ires y venires. Ahora tengo un empleo de tiempo completo y lucho por mantener la disciplina en ese proceso tan largo y complejo que es adquirir una segunda lengua sin material de enseñanza. Con todo, el optimismo me acompaña porque cada vez entiendo mejor y cada vez me da menos miedo hablar.


Sobre quién era yo y las lenguas que no hablaba, tuve oportunidad de hacerme muchas preguntas durante mis años 20. Ahora, ya en los 30, sé quién soy y defino mi identidad en mis propios términos. Sin embargo, si tengo que definirme con los parámetros lingüísticos del estado mexicano, tengo que hacerlo con una negación: yo soy la que no habla, la hija de los migrantes. Soy mixteca, pero no hablo mixteco. Pero voy a recuperar mi lengua, y no para que ellos me reconozcan, no como una obligación, sino como un derecho, el que todo niño tiene a comunicarse con su abuelo en la lengua en que expresa mejor su cariño.


De acuerdo con el estereotipo, los mixtecos somos migrantes. Esa es la historia de mi comunidad, de mi familia y la mía. Pero no migramos por gusto, sino por necesidad, porque las desigualdades de este país y la colonización nos han obligado a hacerlo. En la migración, ya perdimos mucho; y uno de nuestros tesoros, la lengua, está en gravísimo riesgo. No tenemos la obligación de mantenerla, tenemos el derecho, y por ese derecho muchas otras personas y yo seguiremos trabajando y luchando en el futuro.
 

-- Verónica Aguilar (Mixteca) es asistente del programa Cultural Survival Keepers of the Earth Fund.

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